Artículo de opinión, Mundo Literario

La responsabilidad moral del escritor

En literatura existen ciertos debates de gran calado que generalmente suscitan posturas muy encontradas entre los autores. En esta web he tratado algunos de estos temas polémicos —el caso de la piratería es hoy en día uno de los más sangrantes—, aunque hay pocos que tengan un trasfondo tan rico en el aspecto puramente literario como el que hoy pretendo mostrar: la responsabilidad moral por parte del escritor hacia sus lectores.

Hace unos días este debate saltaba a la palestra en las redes sociales gracias a un artículo de la escritora Iria G. Parente. En su post “Opinión: After, un amor más bien finito”, Parente realizaba un exquisitamente argumentado análisis del libro After, primera parte de una saga juvenil que está arrasando en todo el mundo. No me extenderé demasiado en lo que ya se explica de maravilla en el artículo, pero en este libro se narra un modelo de relación nocivo entre un chico y una chica, y lo hace vendiéndose como algo romántico, deseable, adecuado. Una historia de amor verdadero, que en realidad traslada conceptos peligrosos como la sumisión de la mujer al hombre, la permisividad ante el control absoluto de una parte de la pareja a otra, o la idea de que una mujer debe adaptarse en todos los sentidos al hombre en aras de una relación romántica. Recuerdo que la novela está dirigida a un público específico: adolescentes.

El artículo de Iria suscitó un gran debate en redes sociales, y puso sobre la mesa este antiguo tema de la responsabilidad moral del escritor. Debate en el que hay dos posturas bien diferenciadas: aquellos que creen que bajo la etiqueta de la ficción todo vale, y que el autor debe tener una libertad absoluta a la hora de crear; y por otra parte, quienes piensan (pensamos) que existen unos (pocos) límites que por mera cuestión de sentido común no deberían ser traspasados.

Queda claro que en mi caso sí contemplo una responsabilidad moral por parte del autor. La tiene en el momento en que decide ofrecer su obra al mundo. Escribir, como he comentado muchas veces, es un acto de comunicación unidireccional donde el autor trata de alcanzar al lector contándole una historia. Del mismo modo que criticamos ciertos programas de televisión por sus contenidos poco apropiados, ¿por qué un escritor debería estar por encima de estas consideraciones?

Un apunte: no se trata de limitar la posibilidad del autor de tratar cualquier tema que considere oportuno. ¿Puede un escritor crear una novela o un relato en torno a, por ejemplo, un violador? Por supuesto. Y además veo perfectamente correcto que sea explícito, que relate con realismo y de modo cruento una situación que lo es. Un ejemplo clarísimo es Cumbres borrascosas, de Emily Brönte, que narra una relación insana. Lo que marca su aceptabilidad no es el tema escabroso que trata, sino cómo se posiciona la novela: es una crítica, y muestra esta relación como algo nocivo. Ahora bien, ¿y si el autor, amparándose en que se trata de una obra de ficción, muestra el acto execrable como una actitud loable, como un comportamiento a imitar?

El escritor también vive en sociedad. Con nuestras obras buscamos alcanzar a otros miembros de esa sociedad, los lectores. Los necesitamos, y por tanto también tenemos una responsabilidad hacia ellos. Pero como es posible, estimado visitante, que a un escritor desconocido como yo no le des mucho crédito, dejemos que hable alguien más representativo. En 2014, en una charla en la Feria del Libro de Guadalajara (México), Mario Vargas Llosa se refería a este tema (aunque su alegato iba por derroteros más, digamos, políticos):

alt=Sartre (Vargas Llosa se refiere a Jean-Paul Sartre, también Nobel de Literatura) nos decía que la literatura no era una actividad gratuita, que las palabras eran actos, y que las palabras que un escritor escogía para poner en sus historias repercutían inevitablemente en la vida, y dejaban en ella una huella, producían cambios. Eso significaba que el escritor tenía una gran responsabilidad al usar las palabras, escribir y dirigirse a un público, no debía actuar irresponsablemente, ni frívolamente como lo habrían hecho algunos escritores del pasado o del presente, pensando que el papel aguanta todo y que se puede escribir sin ningún sentido de la responsabilidad cívica, histórica, moral, o cultural. Sartre decía que escribiendo uno podía también cambiar el mundo, que la escritura era una manera de actuar, que influía sobre la realidad y permitía enmendarla, corregirla, mejorarla o empeorarla. Se escribía para los lectores, se escribía también para los que no compraban libros, para los analfabetos, porque a través de lo que se escribía de alguna manera se estaba trabajando para que esa sociedad tuviera lectores, tuviera ciudadanos que pudieran comprar libros; es decir, para mejorar la condición humana, la condición social.”

Esta responsabilidad, opino, es más importante cuando nos dirigimos a colectivos más vulnerables, por un motivo u otro, o cuando tratamos temas de especial sensibilidad. Veamos de nuevo el caso del libro After. La autora, consciente o inconscientemente, está transmitiendo un mensaje tóxico a unos lectores que, por su edad, son altamente influenciables. Algunas personas con las que he debatido estos días sobre el tema aseguran que no es para tanto, que ellos cuando eran adolescentes leían cosas peores (eso sí, libros dirigidos a adultos). Argumentos que, en mi opinión, demuestran una falta de empatía en esta situación concreta. ¿Quiere decir que porque haya una persona que no se deja influenciar no puedan existir otras que sí? A las pruebas me remito. En el mismo artículo de Iria G. Parente hay un vídeo donde con motivo de la visita de la autora del libro a España, se pregunta a sus lectoras qué les parece la obra. Las respuestas son esclarecedoras:

Y tiene sentido que sea así. Estamos hablando de pre-adolescentes y adolescentes. Chicas de 12 años en adelante. ¿De verdad somos tan ajenos como para no ver que con esas edades la mayoría de jóvenes se rigen casi por completo por impulsos? Todavía están formándose como personas, no tienen una personalidad completamente definida y se les escapa aún que la vida está llena no solo de claros, sino también de oscuros. Son vulnerables en ese sentido, y es responsabilidad de los adultos cuidar su educación. No solo de los padres, sino también del resto de la sociedad.

Entre los cuales están los autores. Sí, si escribes para un target juvenil (o infantil, o cualquier otro), tienes que adaptarte a ese público. En narrativa, se llama “adecuación” (ya hablé de ella en uno de los artículos de “Escribir empieza con E de estilo”), pero no se limita solo a la forma del texto, sino también al fondo. Una novela donde se fomentan actitudes racistas, machistas (como 50 sombras de Grey), que presente conceptos como la violencia o la denigración de la mujer como actitudes elogiables, que realice apología de cualquier comportamiento pernicioso, deberían ser reprobables (que no prohibidas) por la misma sociedad, y en especial por el mundo del libro.

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¿Quiere decir esto que estos libros son causa de todos los males de la actualidad? En absoluto. Pero son un elemento más que ayuda a perpetuar tópicos y posturas que no hacen sino empobrecernos. Costumbres que arraigan entre esos colectivos más permeables, y que llevan a situaciones tan preocupantes como que el 33% de los jóvenes españoles de entre 15 y 29 años considere aceptable que su pareja le controle.

En una sociedad tan castigada por este tipo de actitudes, ¿debemos aceptar sin más que se transmitan estas apologías en los libros? No abogo por una prohibición de facto, no hablo de ningún tipo de censura legislativa. ¿Alguien ha decidido escribir un libro así, una editorial ha querido publicarlo? Está en su derecho, pero que asuma las consecuencias, que asuma el desprecio social, esa función crítica que en mi opinión debería recaer sobre el conjunto de todos nosotros: lectores, editoriales y sí, autores.

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