Artículo Historia, Lerna. El legado del minotauro

La realidad histórica tras “Lerna. El legado del minotauro” – 8

8. ¿Llegaron los minoicos al Atlántico?

Tal y como comenté en artículos anteriores, uno de los motivos principales para elegir a la cultura minoica como base para el pueblo de Partolón fue su poderío marítimo, que les dotaba de la capacidad técnica para realizar un viaje a una tierra tan lejana como Irlanda. ¿Quiere decir esto que hay historicidad en una odisea como aquella?

La odisea de Partolón

Lapa de Gargantáns (Moraña, Pontevedra)

Nada dice «El Libro de las Invasiones» acerca del viaje que Partolón y los suyos realizaron para llegar a Irlanda. No sabemos por dónde transcurrió exactamente y qué andanzas vivieron. Esta falta de información es, en realidad, un regalo para cualquier escritor, pues permite libertad casi absoluta para hacer y deshacer. Aproveché la oportunidad para mostrarle al lector pueblos y paisajes fabulosos, como la cultura argárica o la Galicia de la Edad del Bronce. Y para ello utilizo referencias reales como el menhir que Bacor contempla en tierras gallegas, situado en Moraña (municipio de Pontevedra) con el nombre de «Lapa de Gargantáns».
Ahora bien, que los minoicos y lo micénicos salieran de su zona de confort, el Mar Egeo, no es cosa de ficción. Hay al menos constancia histórica de los contactos comerciales entre el mundo micénico y la Europa septentrional, como demuestran los hallazgos de un material que no era nativo de región mediterránea: el ámbar. Este mineral era muy preciado, tal y como se deduce de que se encontrara en tumbas reales de Micenas y Cnosos, y procedía de Jutlandia y las costas del Mar del Norte. También han sido hallados ornamentos de pasta vítrea y cuentas de vidrio muy parecidas a las habituales en la cultura de Wessex (en Inglaterra) y el mediodía francés. El oro encontrado en tierra cretense se cree que procedía de las vetas de Alemania, Escandinavia… e Irlanda.
Es evidente que existía una ruta que conectaba las zonas ricas en estaño, ámbar y oro, en el norte y oeste de Europa, con el mundo pre-helénico. Camino que seguirían siglos después los griegos precoloniales cuando los micénicos dejaron de existir como tales. La pregunta es cuándo se estableció, y si fue marítima o terrestre.
Esta conexión también lleva a que se descubrieran ciertas huellas de los cretenses en Europa central y occidental. En ciertos emplazamientos se han hallado armas similares a las utilizadas por los micénicos, por lo que cabe imaginar que hubo cierto intercambio de ideas, tecnologías y creencias. Sin embargo, ninguna de estas pruebas es tan asombrosa como la que hallamos en nuestro país.
Concretamente en Galicia, una tierra que bien pudo pisar Partolón tal y como ocurre en mi novela.

Barcos minoicos en Galicia

Petroglifo con formas laberínticas, Oia, Pontevedra

Que el arte rupestre es una fantástica fuente de conocimiento resulta innegable. Los grabados y pinturas que nos han dejado nuestros más antiguos antepasados han enriquecido nuestra visión de aquel pasado remoto en el que la escritura, tal y como la entendemos, ni siquiera había aparecido.
Son precisamente estas representaciones las que nos dan una pista muy contundente sobre la presencia de minoicos (o micénicos, no queda claro) en aguas atlánticas. Tenemos que trasladarnos a Oia, municipio pontevedrés cercano a Vigo, para encontrar unos grabados en roca viva sencillamente impresionantes. Forman parte de un conjunto de petroglifos que se extienden por todo el territorio municipal, formado por más de ciento veinte piezas. Los grabados van desde motivos con puntos y cazoletas, figuras geométricas (algunas de las cuales recuerdan a… laberintos), y por supuesto representaciones de animales y seres humanos. Pero es en la ladera occidental de la Serra da Grova donde hallamos las que más nos interesan: cuadrúpedos, marañas de líneas y dibujos circulares… y barcos. Barcos mediterráneos.

Petroglifo de Oia, Pontevedra.


A pesar de haber sido víctimas de actos vandálicos que destrozaron parte de este legado, las imágenes son muy claras, como se puede ver en las fotografías. Se trata de embarcaciones de casco curvo, con proa y popa elevadas, y mástil en el centro, idénticas a los navíos de tradición mediterránea. La cronología aproximada data estos grabados dos mil años antes de Cristo.
En pleno auge minóico.

Sí, pero, ¿llegaron o no los minoicos a Irlanda?

¿Estamos ante pruebas fehacientes y totalmente concluyentes? En absoluto. Los grabados gallegos no dejan de ser una representación subjetiva tanto en su realización original como en nuestra interpretación. Del mismo modo que las similitudes entre hallazgos cretenses y europeos. Más peso tienen los hallazgos de materiales como el ámbar en Creta, pero es cierto que podrían haberse conseguido con una ruta terrestre y no marítima. En cuanto a Irlanda, no hay nada concreto acerca de minoicos llegando a costas irlandesas.
Sea como sea, la presencia de estos grabados en el arte rupestre galaico abre como poco el debate y la reflexión. Y permite al escritor el atrevimiento de crear una ficción que, muy posiblemente, no esté demasiado alejada de la realidad en ciertos aspectos.

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