Artículo Historia, Lerna. El legado del minotauro

La realidad histórica tras “Lerna. El legado del minotauro” – 7

7- El Minotauro

En el anterior artículo hablábamos del palacio de Cnosos y su posible identificación con el laberinto de los mitos. Pero falta una de las partes de la leyenda. ¿Qué hay del minotauro?

¿Existió el rey Minos?

Antes de hablar del minotauro sería adecuado mencionar a otro de los grandes protagonistas del mito minoico, precisamente aquel que da nombre a toda la cultura: el rey Minos. En realidad, los mitólogos no se ponen de acuerdo en si había uno o dos gobernantes con ese nombre. Existen contradicciones al respecto ya que las leyendas aseguran que Minos gobernó Creta durante muchas generaciones, así que hay una corriente que asegura que hubo dos regentes con ese nombre. El primero era hijo de Zeus y Europa, aunque fue criado por el rey Asterión de Creta, a quien sucedió. Se dice que este fue un gobernante bueno, que tuvo un hijo llamado Licasto y este a su vez tuvo otro, al que llamaron también Minos en honor a su abuelo.
Pero este segundo rey parece ser que no poseía las virtudes del anterior. Fue quien se vio involucrado en los mitos que han pasado a la posteridad, como el del Toro de Creta que ya he resumido en uno de los artículos anteriores: tras la promesa de Minos de que consagraría cualquier ofrenda que Poseidón tuviera a bien entregarle, el dios hizo surgir del mar un toro tan esplendoroso que el rey se vio incapaz de sacrificarlo. Así las cosas, un enojado Poseidón logró con sus artes divinas que la esposa de Minos, Pasífae, enardeciera de deseo por el animal. Dédalo, el gran artesano ateniense, construyó la figura de una vaca hueca para que la reina pudiera acercarse a la bestia. El toro la cubrió y así se engendró el monstruo mitad humano mitad bóvido que se llamó Asterión, como el bisabuelo de este segundo Minos. Ante semejante aberración, el rey ordenó a Dédalo que construyera un laberinto donde encerrar al monstruo.
Ahora bien, en cuanto a Minos existe otra posible explicación, y es que no fuera ni uno ni dos gobernantes distintos, sino muchos. Algunos expertos proponen que el término «minos» no sea un nombre propio, sino un título real equivalente, por ejemplo, al de faraón en Egipto. De este modo tendrían sentido incoherencias como que algunas versiones hablan de un rey Minos pacífico y otro bélico y despótico (como lo describe Homero en la Odisea): la primera serie de reyes, que basaron su prosperidad en el comercio marítimo, serían los minos minoicos; y los siguientes reyes, que basaron su poder en la guerra, los minos micénicos que llegaron después. Esta es, al menos, la hipótesis por la que me he inclinado en «Lerna. El legado del minotauro», ya que es más realista y además me permite la conexión con las leyendas irlandesas. Pues estas mencionan que Partolón era hijo del rey Sear, a quien convertí en el minos de Cnosos sin necesidad de alterar su nombre.

La verdad tras el minotauro

Resulta obvio que una criatura sobrenatual como el minotauro nunca ha podido existir. Sin embargo a estas alturas ya deberíamos haber detectado que los mitos no surgen de la nada, que todos han brotado de una semilla real. Por supuesto no existen pruebas fehacientes de cuál fue ese origen, por lo que solo cabe acudir a la especulación reflexiva.
La clave, en mi opinión, nos la da una vez más la etimología: «minotauro» significa «el toro del minos». Así de sencillo. La explicación más razonable es que hace referencia no a una criatura aberrante, sino a uno de los toros de los rebaños personales del rey, tal vez su principal semental y por tanto el más valioso y admirado. Todo está conectado y es mucho más simple que acudir a mitos enrevesados: los espectáculos taurinos de los frescos encontrados en Cnosos (taurocatapsia) y la constante presencia de los cuernos como símbolo, los sacrificios rituales realizados por las sacerdotisas con las labrys, y el posible significado de labyrinthos… Los toros eran animales habituales en la isla de Creta desde antes de que llegaran los minoicos. Bóvidos salvajes, de un poder terrible, que hacían tronar el suelo al cargar, tal y como ese dios varón que provocaba terremotos cuando se enfurecía, pero que como esposo de la Diosa Madre también fertilizaba con su simiente la tierra dando lugar a las cosechas. En algún momento, los minoicos arcaicos debieron incorporar a sus creencias la figura del toro y relacionarlo con su Poseidón. Cuando domesticaron a los toros salvajes de la isla, quizás lo consideraron como que ese dios les ofrecía su gracia, y a cambio le rindieron honores sacrificando a sus sementales y bailando en torno a ellos. Así, la Casa de la Doble Hacha, y por tanto la línea sucesoria de los distintos minos, quedó unida a la figura del toro que Poseidón les «entregó».
Y ese, tal y como reza el título de mi novela, es el legado del minotauro.

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